Estás rodeado de campos electromagnéticos que no puedes ver, oír ni oler. Los routers wifi, los celulares, los medidores inteligentes, los dispositivos Bluetooth, la iluminación LED… todos emiten radiación artificial que interactúa con tu cuerpo de maneras que la ciencia apenas comienza a comprender.
Las normas de seguridad actuales miden una cosa: el calor. Si la radiación no quema el tejido, los reguladores la consideran segura. Pero los sistemas biológicos no funcionan así. Las células responden a frecuencias, patrones de polarización e interferencias: señales sutiles que se acumulan con el tiempo.
Problemas de sueño. Fatiga. Dolores de cabeza. Dificultad para concentrarse. Se han vuelto tan comunes que ya casi no los cuestionamos. ¿Y si el entorno mismo fuera parte del problema?